lunes, 19 de octubre de 2015
"La privatización de México" (Revista Proceso,
18 de octubre, 2015)
John M. Ackerman
Si el Senado de la República aprueba el Acuerdo de
Asociación Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés) negociado en sigilo
por el secretario de Economía, Ildefonso Guajardo, con el gobierno de Barack Obama
y otros siete países, estará entregando la nación entera en bandeja de plata a
los intereses más oscuros del planeta. Con el TPP, el sistema jurídico nacional
en su conjunto se subordinaría a los caprichos de las grandes empresas
trasnacionales. Los únicos fines de estas corporaciones son el lucro para sus
dueños y la manutención de la hegemonía económica, política, cultural y militar
de Estados Unidos.
A juicio de Guajardo y su jefe Enrique Peña Nieto, México
no es una nación soberana, sino simplemente un “esquema-país” (véase: http://ow.ly/TrknF) cuya función principal es generar
oportunidades de negocios para los hombres y las mujeres más adinerados del
mundo. Para el gobierno actual no importan la devaluación del peso, la
profundización de la pobreza y la desigualdad, el raquítico crecimiento
económico, el desplome en el precio del petróleo o el aumento en el costo de la
canasta básica. Todos estos fenómenos son preocupaciones menores, ya que
solamente afectan a los más vulnerables y necesitados dentro de un país,
México, que estos funcionarios desprecian profundamente. Lo importante es
mantener en forma la máquina mexicana de apoyo a las redes de poder global.
El TPP es un documento secreto al que solamente unos
cuantos oligarcas apátridas y políticos corruptos tienen acceso. Sus 30
capítulos no se han dado a conocer al público por el explosivo rechazo popular
que podrían generar dentro de los países que negocian el acuerdo: Estados
Unidos, México, Chile, Perú, Australia, Nueva Zelanda, Singapur, Brunei y
Vietnam. La estrategia de negociación y aprobación del acuerdo internacional se
parece mucho a la del “Pacto por México” utilizada en México para imponer la
contrarreforma energética. Primero se realizan negociaciones y pactos secretos
entre políticos, empresarios y funcionarios sin ninguna participación de la
sociedad civil. Posteriormente, las reformas consensadas son presentadas a
última hora y aprobadas sin deliberación alguna en clara violación de las prácticas
y los reglamentos parlamentarios.
El TPP es aún más peligroso que la reforma energética.
Las modificaciones a los artículos 25, 27 y 28 constitucionales publicadas el
20 de diciembre de 2013 en el Diario Oficial de la Federación entregan los
recursos nacionales a las corporaciones petroleras y energéticas. Pero el TPP
coloca al país entero al servicio de las trasnacionales y de Washington.
A partir de filtraciones, sabemos que uno de los
elementos más nocivos del TPP es el establecimiento de un sistema de resolución
de conflictos inversionista-Estado (ISDS, por sus siglas en inglés) que
cancelaría el poder de la nación para controlar los abusos de las empresas
extranjeras. Este tipo de mecanismos permiten a los “inversionistas” demandar
al Estado mexicano por oportunidades de lucro supuestamente perdidas a partir
de acciones gubernamentales en defensa del medio ambiente, de los derechos
humanos o de regulación de la economía. Dichas demandas no son resueltas por
las autoridades nacionales o el Poder Judicial, sino por mesas de arbitraje
internacionales que no rinden cuentas absolutamente a nadie. La ONG
estadunidense Public Citizen ha proporcionado un excelente resumen de lo que
está en juego con este tipo de acuerdos (véase: http://ow.ly/Trrxi).
La finalidad de dichas disposiciones es atar las manos de
los gobiernos. Se busca bloquear la posibilidad de que nuevas leyes o
regulaciones generadas por procesos democráticos interfieran con los contratos
y las ganancias de las trasnacionales. El TPP implica un ataque directo a la
soberanía nacional y una cancelación absoluta de la soberanía popular.
México ya tiene una experiencia muy negativa con esta
clase de acuerdos. Tanto el capítulo 11 del Tratado de Libre Comercio de
América del Norte (TLCAN) como los establecidos con España ya incluyen
disposiciones similares. En varias ocasiones el gobierno mexicano ha sido
condenado a pagar sumas millonarias para “compensar” a empresas trasnacionales
ante las “pérdidas” causadas por acciones gubernamentales.
En un caso, con el fin de proteger la salud de sus
ciudadanos, las autoridades del municipio de Guadalcázar, San Luis Potosí,
negaron un permiso de construcción a una empresa canadiense de procesamiento de
desechos tóxicos, Metalclad. Ésta recurrió al tribunal especial del TLCAN y
ganó un litigio en contra del Estado mexicano por la cantidad de 16 millones de
dólares. En otro caso, una compañía de procesamiento de desechos tóxicos, la
española Abengoa, ganó un juicio similar, por 40 millones de dólares, al
impugnar la decisión del municipio de Zimapan, Hidalgo, de cancelar sus
permisos de operación y uso de suelo.
En lugar de empoderar a las trasnacionales en su lucha
contra el pueblo de México, un gobierno digno tendría que proteger la economía
nacional, el medio ambiente y el bienestar de los ciudadanos. Por ejemplo, el
centro de investigación Global Financial Integrity estima que aproximadamente
50 mil millones de dólares son extraídos del país cada año por medio de mecanismos
de fraude fiscal, lavado de dinero y repatriación de ganancias a los países
sede de las trasnacionales (véase:http://ow.ly/Trzfh).
Para aumentar el nivel de inversión no hace falta rematar
a la nación o sacrificar nuestra soberanía. Al contrario, basta y sobra con
poner un alto al saqueo constante de nuestros abundantes recursos y patrimonio
nacionales por las redes de corrupción financiera internacional.
Twitter: @JohnMAckerman
Publicado en
Proceso No. 2033
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